domingo, 14 de febrero de 2010

A propósito del libro Corto Metrajes



La palabra “metraje” viene del francés "métrage"  y hace referencia específica a la longitud que tiene una cinta de cine. Cuando se titula un libro con la palabra “metraje” y además se dice que es corto, se quiere hacer referencia directa a aquello que lo cinematográfico nos ofrece: las imágenes están plasmadas en la cinta, pero lo que nos importa es ponerlas en movimiento, lo cual hace referencia directa al término en inglés motion picture. Además, las películas se clasifican de acuerdo a su duración, encontramos así los largometrajes, conocidos normalmente como películas, son aquellas que son exhibidas en las salas de cine, aquellas que son nominadas a premios y demás, son aquellas que marcan nuestra vida y que se convierten ellas mismas en un miniuniverso, que contiene gente y modos de ser. De acuerdo a su duración pueden llamarse además mediometrajes y, por último, corto metrajes, pero en resumen todas quieren contar una historia, sea corta o larga, elaborada o no.

Este libro pertenece filosóficamente al cine y formalmente a la literatura. La idea del corto hace referencia al un instante, a ese espacio de tiempo aprehendido por un corto cinematográfico que no llega a ser el universo que nos da una película. Se necesitan sólo minutos, no horas para contemplarlo. Además, el cada cortometraje quiere:
Conseguir la atención del espectador desde el primer plano (o desde la primera palabra), a través de la historia que se le presenta, y quiere "soltarlo" de manera sorpresiva, absurda, violenta, humorística, inexplicable, nostálgica, es decir, que "movilice" al espectador.

Algo parecido intentan hacer cada una de las piezas de Corto Metrajes. No es un libro fijo; muchos otros Corto metrajes podrán irse agregando con el paso de los años hasta crear, quizás, un libro gigantesco. Por ahora, en esta noche bogotana, los dejo con quince piezas.

En este libro el lector encontrará desde relatos fantásticos estrictos hasta lo más real: relatos que hacen alusión a los sentimientos. Los homenajes al cine no son sólo filosóficos: el lector podrá toparse también con referencias directas al cine de Pedro Almodóvar. También sus piezas medias están a medio camino entre el ensayo y la poesía. Sin embargo, un libro no existe sin su lector; esperamos que usted tenga la paciencia para ser uno de ellos.


viernes, 4 de diciembre de 2009

Paisaje citadino mutante

He tratado de aprenderme los caminos de memoria; pero siempre ha sido una labor imposible. ¿Cómo se hace? Hoy me doy cuenta de que las ciudades de la infancia nunca habitan frente a los ojos; sólo pueden habitar en una bruma que se revive, pero que nunca se puede hacer transparente. Es imposible porque cada cosa se pone en el lugar de la otra, reemplazándola perfectamente. Ensayen y se darán cuenta de que estoy en lo cierto.
¿Recuerdan cuando eran niños y pasaban por debajo de ese puente que ya no existe? El puente se habrá ido de allí y será reemplazado por el nuevo; es imposible no pensar en ello cuando los nuevos paisajes, los mutantes, se vuelven el presente de nuestros pasos. Lo peor es la falta de memoria, las ciudades nunca son pasado para aquellos que las habitan; las ciudades siempre son un presente que reemplaza la antigua materia cementera.
Ese día subí al puente peatonal. Desde la parte alta vi el paisaje de la avenida, buses hacia el sur, buses hacia el norte. Traté de imaginarme el paisaje anterior, el paisaje pasado, pero no lo pude recordar. Las imágenes iban y venían, bromeaban, como bufones que hacen sonrisas y luego las esconden. No pude recordar. Frente a mí solo estaba este presente. Esto era la ciudad: mi infancia otra vez se perdía en la bruma.
Por esas cosas del reemplazo inevitable del presente, todo el mundo se quejó de que sus muertos quedaran debajo de los pies de los felices niños que jugarían en ese parque. Protestas y velas encendidas a los santos de las ánimas se encendieron por muchos días seguidos; las velas y los santos estuvieron hasta que los constructores sellaron las entradas. Tiempo después los familiares dejaron de llevar velas y flores. Un demente de vez en cuando iba y gritaba el nombre de una amada muerta. Aquellos que iban por sus muertos ahora son muertos ellos mismos.
Ahora, en el presente, un niño juega con una pelota de futbol sobre una calavera que le mira sin ojos desde debajo de sus pies. El paisaje urbano cambia: son escenas simples de una vida cosmopolita.

viernes, 31 de julio de 2009

Buses llenos


Habría que reflexionar cuánta cantidad de gente vive en las montañas citadinas de Ciudad Bolívar, hacia el sur de esta capital: ¿un millón, dos millones, tres millones? No se sabe cuántos. Lo único que sé es que en las mañanas en esta ciudad, por la que antes sentía anhelos, ahora siento angustias. El desespero de saber que no podré llegar a tiempo porque todos los buses vienen de la parte alta de la montaña atiborrados, tanto que es imposible, aunque me paren, subir a estos, porque, o quedo guindando o me caigo, pero nunca, nunca, me podré montar en uno.

Tal parece así que la ciudad de llenó de otra ciudad en su parte superior: una ciudad dormitorio, lleno de gente que sube a sus casas y apartamentos a dormir y que todos los días vive el 75% de su vida en otra ciudad que queda más al norte, llamada distrito capital. Y lo peor, son tantos que no dejan que otros ciudadanos, que viven en medio de su ruta, lleguen a otro sector de aquella ciudad que habitan.

Entonces la conclusión es que los que viven en la célebre ciudad bolivariana son muchos, tantos que llegan a agotar por horas todo el transporte público entre las 5: 30 a.m. y las 7: 00 a.m, sino más.

Esto es raro (pero posible) en una ciudad con un nivel de desarrollo humano alto. Pero, bueno, muchos dirán, al menos a esas personas se le da la oportunidad de trabajar todos los días, de tener ingresos y tener para vivir con sus familias en lo alto de la ciudad, con una excelente vista del centro del distrito capital. Aunque cumpliendo con las siguientes condiciones:

1. Levantarse a las 4 a.m. para coger el bus vacío.

2. Gastar tres horas diarias, el 18.75% de las horas útiles en recorridos.

3. Dormir en el bus, para compensar las horas de sueño.

4. Pensar y pensar para no aburrirse en el bus, la mayoría de las veces cosas vanas.

5. Estorbar a otros ciudadanos la opción de coger un bus.

6. Experimentar cambios de altura a diario, pasar de los 2950 metros hasta los 2600 todos los días.

Pero, todo sigue, la ciudad crece. De pronto es mejor caminar hasta el trabajo.

viernes, 6 de marzo de 2009

Los cafés de las ciudades (anhelos de Bogotá)

Hoy he recordado cómo añoraba años atrás, creo que no hace un poco más de cinco años, poder visitar un café verdadero, esos que se describen en las tertulias de los libros, en las novelas europeitas de Cortázar, en los diarios de los intelectuales. He recordado cuánto añoraba pedir un tinto fuerte y sentarme en una mesita pequeña, si era vieja y con una silla tapizada en rojo mejor, y sentarme a leer un buen libro. Deseaba que mientras mis ojos buscaban las letras, mis labios palparan el sabor del café.

Recuerdo que cuando salía de esas tardes de lectura en la biblioteca, lo cual era mi único remanso espiritual por aquellos años, pasaba por una esquina donde había una cantina en la que además de trago y cerveza vendían también tintos, pedía uno y me sentaba en una de las mesas, tratando de pensar que el lugar en el que estaba era uno de mis añorados cafés y que estaba rodeado no por un conjunto de borrachos que me verían como el muchacho raro que toma café en una cantina, “Debe ser maricón”, de seguro pensarían.

Hoy en día mi sueño de visitar cafés es una realidad ya recurrente. Cada vez que puedo visito uno. Me gustan los que son viejos, los que se escapan de los chic, me gustan aquellos frecuentados por viejitos solitarios, viejitos que posan la mirada en los techos, donde se escuchan rancheras y uno que otro tango.

Pero tengo un problema. El maricón que pedía tinto ahora bebe cerveza. Mientras los viejitos toman el cafecito con limón, yo tomo cerveza, y si es de la que tiene mayor grado de alcohol, mejor. Ahora mientras los ojos buscan las letras, acompañadas por los lentes, mi lengua busca el sabor amargo, pero agradable, de la cerveza. ¡Es un placer casi de dioses poder leer los crímenes de Dostoievski acompañados por una dosis de alcohol!

Sin embargo, cuanto quisiera ser ese niño que se inventaba los cafés para tomarse un tinto.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Monólogo del río

He recorrido por siglos

La mitad de una esquina singular

Que posee un mapa simétrico.

En el centro del mapa, donde nazco,

En una cordillera rodeada de planicies,

Tengo el rostro que Dios me puso.

En el norte,

Al lado de una ciudad

De nominación diminutiva

Tengo manchas en el rostro,

Me uno violentamente con el mar

Y dejo de ser yo.

Antes del fin soy turbio y lento,

Por mi cuerpo navegan barcos,

Por mi ombligo atraviesa un puente.

Soy el horizonte maldito

Al cual las esculturas dan la espalda

(…)

Soy el destino perfecto

Y poco pensado

De residuos perdidos

En venas de sangre citadina y turbia,

El pagano ilegal de la suciedad.

Quisiera recorrer un país nórdico.

Ser sometido a miles de filtros

Y ser tan limpio, tan fresco como el rocío que apenas cae.

Y que tú pudieras nadar dentro de mi piel sin tener miedo,

Como sí lo haces en una playa

Lejana, caribeña, aguamarina.

Pero los sueños… sueños son.

Al fin y al cabo,

Sólo soy el dolmen apócrifo

De una corriente de agua monótona

Que ha sufrido una crisis metafórica

De un mal poeta.

Fotografía de una ciudad próxima


Cuando le mostré esta foto por primera vez a un amigo, sólo me dijo: "A esta foto le hace falta gente". Me quedé pensando por una noche en sus palabras. Y concluí: "¿cuál es el problema? Es la foto de una ciudad donde la gente prefiere esconderse. Debajo de la ropa que lleva puesta, debajo de sus ojos, debajo de los paraguas que le protegen de la lluvia, debajo de palabras hirientes y cortantes. Héla aquí.

Barranquilla, diminutivo de barranca

Esta es la ciudad donde comienza ese largo relato que todo viajero hace de aquellas ciudades visibles: Barranquilla. Su nombre es el diminutivo de Barranca. Yo solía explicarle a todo el mundo que se llamaba así porque la ciudad queda en bajada, razón por la cual cuando llueve, lo cual suele pasar muy a menudo, toda el agua que cae del cielo sobre la ciudad suele descender violentamente hacia el río, hacia el río Magdalena, un río sucio, asqueroso, bueno, al menos al final de su recorrido nacional antes de entrar a las aguas del Mar Caribe, a éste alguna vez dediqué un poema, que será publicado más abajo. Es una ciudad que suele asustar al visitante y más si crees que Colombia es lo que sueles ver en la televisión del interior de este país hecho de fragmentos de región. La ciudad asusta porque sueles ver imágenes de un desastre y al mismo tiempo ves los rostros de la gente que mira lo mismo que estás viendo con ojos llenos de pavor con simples ojos de espectador: verás carros que se los lleva el río (literalmente), verás hombres que buscan consuelo en el lugar que menos esperas en medio de los ojos de la ciudad, de los puestos de ventas de las calles. Algo que solía pasarme era que siempre que andaba por sus calles buscaba otra ciudad dentro de ella… he vivido siempre en ciudades anhelando a otras, a cada ciudad que voy la vuelvo una que es aquella hecha por los fragmentos de otras, trato así de construir la ciudad perfecta, aquella que de pronto termine construyendo a punta de relatos como éste. Siempre busqué a otra dentro de su cuerpo: “mira, con el río al fondo se parece (aunque es un poquito) a Buenos Aires”, “mira que estas casas del Prado se parecen un poco no sé a qué ciudad” (recuerdo que alguna vez alguien menciono el nombre de la ciudad que en este momento no recuerdo), “mira que la parte de norte de la ciudad tiene algo de Miami”, etcétera, etcétera, basura, basura. Al fin y al cabo, he escuchado que los nuevos urbanistas dicen que ahora todas se parecen a todas. Yo sueño con el día en que sólo con recorrer una calle de alguna de las tantas podamos recorrer al mismo tiempo las calles de todas (ya lo escribí en uno de mis cuentos y en realidad no es un sueño, es una pavorosa pesadilla). La ciudad también fue más rica antes de que yo naciera, a principios del siglo pasado era la ciudad más prospera de todo el país, hoy en día todo eso no es más que nostalgia. Lo importante es que mamá y papá me hicieron y me dieron a luz aquí en esta ciudad que tiene por apodo la arenosa y sí… lo que pasa es que cuando el viento sopla puedes sentir como algunos pedacitos de arena pueden quedar en tu rostro y en tus labios. Para terminar este primer capítulo de las ciudades visibles pondré aquí datos básicos: nunca vayan al llamado centro histórico porque no existe, es una de las pocas ciudades del mundo sin una plaza fundacional con palomas, lo cual es triste porque hasta los más míseros pueblitos de las montañas la tienen; segundo, coman comida callejera porque es de las mejores que conozco… muy buena; tercero, esta no es una ciudad turística pero la gente dice que es un buen sitio para vivir; cuarto, si quieren conocer algo diferente conozcan los alrededor, en especial, los alrededores que quedan junto a alguna playa, aquellos que quedan a las afueras de la ciudad. Espero que estas líneas hayan ayudado a fijar un poco esa ciudad que en mis neuronas se vuelve tan sólo recuerdo después de estos años en que no la habito.