viernes, 5 de julio de 2013

Extracto de mi tesis Franz Kafka y la parábola (año 2009)

           
El vendedor ambulanteJerónimo Bosch, El Bosco, circa 1494.
       Kafka parece haber puesto en manos de lo inconcebible e incomprensible gran parte de lo que creó como obra literaria. Cuando recuerdo el Kafka de mis aventuras de lectura juveniles no puedo dejar de recordar que nada más existía para mí el acto mismo de leer a Kafka; eso era lo que hacía que su lectura fuera placentera. No era lo verosímil de sus situaciones, no eran los grandes datos de cultura general que captaba en sus escritos lo que me atrapaba. Lo que hacía lo anterior no era que lo que leía me hablara de mi mundo, era tal vez porque me hablaba de algo inefable, de algo inaprensible. Si alguien me preguntaba, cuando me veían leer entusiasmado leer sus cuentos y novelas, de qué trataba, yo no podía más que recordar un cúmulo de nombres, de miedos, de situaciones inverosímiles sin referencia inmediata en el mundo circundante, pero que constituían una galaxia que brillaba en medio de un universo literario que hacía que una de las estrellas que se situaban en un punto de aquella galaxia no pudiera apagarse jamás, precisamente porque no se sabía en qué consistía el extraño brillo de su existencia. Así era la obra de Kafka.
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