sábado, 27 de diciembre de 2008

Barranquilla, diminutivo de barranca

Esta es la ciudad donde comienza ese largo relato que todo viajero hace de aquellas ciudades visibles: Barranquilla. Su nombre es el diminutivo de Barranca. Yo solía explicarle a todo el mundo que se llamaba así porque la ciudad queda en bajada, razón por la cual cuando llueve, lo cual suele pasar muy a menudo, toda el agua que cae del cielo sobre la ciudad suele descender violentamente hacia el río, hacia el río Magdalena, un río sucio, asqueroso, bueno, al menos al final de su recorrido nacional antes de entrar a las aguas del Mar Caribe, a éste alguna vez dediqué un poema, que será publicado más abajo. Es una ciudad que suele asustar al visitante y más si crees que Colombia es lo que sueles ver en la televisión del interior de este país hecho de fragmentos de región. La ciudad asusta porque sueles ver imágenes de un desastre y al mismo tiempo ves los rostros de la gente que mira lo mismo que estás viendo con ojos llenos de pavor con simples ojos de espectador: verás carros que se los lleva el río (literalmente), verás hombres que buscan consuelo en el lugar que menos esperas en medio de los ojos de la ciudad, de los puestos de ventas de las calles. Algo que solía pasarme era que siempre que andaba por sus calles buscaba otra ciudad dentro de ella… he vivido siempre en ciudades anhelando a otras, a cada ciudad que voy la vuelvo una que es aquella hecha por los fragmentos de otras, trato así de construir la ciudad perfecta, aquella que de pronto termine construyendo a punta de relatos como éste. Siempre busqué a otra dentro de su cuerpo: “mira, con el río al fondo se parece (aunque es un poquito) a Buenos Aires”, “mira que estas casas del Prado se parecen un poco no sé a qué ciudad” (recuerdo que alguna vez alguien menciono el nombre de la ciudad que en este momento no recuerdo), “mira que la parte de norte de la ciudad tiene algo de Miami”, etcétera, etcétera, basura, basura. Al fin y al cabo, he escuchado que los nuevos urbanistas dicen que ahora todas se parecen a todas. Yo sueño con el día en que sólo con recorrer una calle de alguna de las tantas podamos recorrer al mismo tiempo las calles de todas (ya lo escribí en uno de mis cuentos y en realidad no es un sueño, es una pavorosa pesadilla). La ciudad también fue más rica antes de que yo naciera, a principios del siglo pasado era la ciudad más prospera de todo el país, hoy en día todo eso no es más que nostalgia. Lo importante es que mamá y papá me hicieron y me dieron a luz aquí en esta ciudad que tiene por apodo la arenosa y sí… lo que pasa es que cuando el viento sopla puedes sentir como algunos pedacitos de arena pueden quedar en tu rostro y en tus labios. Para terminar este primer capítulo de las ciudades visibles pondré aquí datos básicos: nunca vayan al llamado centro histórico porque no existe, es una de las pocas ciudades del mundo sin una plaza fundacional con palomas, lo cual es triste porque hasta los más míseros pueblitos de las montañas la tienen; segundo, coman comida callejera porque es de las mejores que conozco… muy buena; tercero, esta no es una ciudad turística pero la gente dice que es un buen sitio para vivir; cuarto, si quieren conocer algo diferente conozcan los alrededor, en especial, los alrededores que quedan junto a alguna playa, aquellos que quedan a las afueras de la ciudad. Espero que estas líneas hayan ayudado a fijar un poco esa ciudad que en mis neuronas se vuelve tan sólo recuerdo después de estos años en que no la habito.

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