miércoles, 20 de octubre de 2010

Sobre la actualidad del escritor a comienzos de la segunda década del siglo XXI

A pesar de que empecé a escribir hace más de quince años, por allá en los tempranos años noventa, cuando contaba con apenas ocho años y escribía cuenticos que agradaban a mis maestros de escuela, quiero que sepan que soy consciente de lo que significa ser un escritor desde el año 2005, en el que ingresé a la universidad y me emocionaba leyendo los datos biográficos de los escritores, todos con anécdotas y hechos tan poco alentadores, que me di cuenta que el camino no sería nada fácil, si era que yo quería ser uno.

Una de mis grandes preocupaciones era encontrar una ciudad literaria en la cual vivir de manera digna la vida de escritor: una biblioteca pública que quedara cerca a la casa, cafés a las orillas de las aceras, tertulias donde compartir los escritos, una academia que guiara el arte, amigos que amaran leer... me encontré con otras cosas: bibliotecas donde se va a prestar libros, no a leer, si lo que quieres es leer debes alquilar un cubículo claustrofóbico, cafés que son cantinas disimuladas y repletas de viejitos o sino cafés demasiados chic para mi gusto, tertulias inexistentes (¿hay alguna?), una academia que vivía de los escritores pero que decía que no quería escritores en sus aulas, compañeros de clase que hacían cualquier cosa menos leer, que lo que querían era que acabara la clase, y yo me incluyo, para ir a fumar al jardín, me incluyo también. Entonces me di cuenta que ser escritor implica otras cosas y más en estos tiempos turbulentos y difíciles de manejar.

Hace un par de meses, cansado de mi apartamento minúsculo y repleto de libros y papeles, el cual debía pagar cumplidamente todos los nueve de cada mes, me he ido un tiempo a vivir a mi casa familiar: debo decir que me cansé también del frío de Bogotá, de sentir que mi única compañía era la voz de la radio en las mañanas, de fumar y fumar y fumar, sólo por el frío, de mi conexión a internet para chatear con gente que no tiene nada que hacer. Estaba en una crisis de creación tan bárbara que ni el diario escribía. Fue así como entregué el apartamento, empaqué mis cosas y me fui a Barranquilla esperando que puente, el río y el mar me reactivaran. Hoy escribo esto desde aquí.


Ayer fui a visitar la biblioteca departamental. No tiene muchos libros, pero no hay que alquilar cubículos para leer, tiene tan pocos visitantes que puedes tomar toda una mesa para ti solo. Empecé a hojear una revista cultural muy popular en mi país, leí un artículo de un editor estadounidense de una revista literaria de una universidad, su nombre es Ted Genoways, lo que dice me llevó a pensar en escribir esta nota y en el título también:

Los escritores jóvenes tendrán que dejar la obsesión con el propio ombligo y echarle un vistazo al desastroso hermoso mundo exterior que necesita y merece una atención inteligente y sensible. Lo que digo es que los escritores deben salir del ala protectora de la academia, ponerse en riesgo a sí mismos y jugársela por su trabajo. Dejar de ser tan terriblemente melindrosos y educados. Tratar a la escritura como si fuera su sangre vital en vez de su medio de vida.

La opinión del señor Genoways, con la cual estoy de acuerdo y no porque lo diga un editor de una revista gringa, sino porque lo que dice se nota que nace de una observación de la realidad (me imagino los escritores con los que ha tenido que lidiar), me motivó a escribir esta serie de notas que estaré elaborando sobre la actualidad del escritor.

Primero, dejar la obsesión con el propio ombligo. Estoy de acuerdo. Hay colegas que escriben cosas tan íntimas y personales que se vuelven casi poesía, se olvidan de la esencia de la narrativa, que es contar. Hoy en día se escriben cuentos que son poesías y poesías que parecen cuentos. Aunque el tema de los géneros cada vez parece ser un asunto del pasado, al momento de mandar un libro a un editor nos preguntarán por el género y nos daremos cuenta que este último es un punto que el autor debe manejar a la perfección si quiere encontrar un agente literario o un editor. No podemos decir algo como: "he escrito un excelente libro en el cual trato de conjugar algunos ejercicios narrativos en los que busco lo poético, aunque hay algunas piezas en el libro que también se pueden emparentar con el ensayo, a la manera de Otras inquisiciones". Así nunca se podrá publicar un libro. Entonces, o escribimos libros de poesía, o de poemas, o una novela, o una colección de ensayos, pero no una mescolanza, si es que no interesa vernos publicados. Nótese que eso de "atención inteligente y sensible", tiene mucho que ver, en términos literarios, con los géneros mismos.

Segundo, "salir del ala protectora de la academia". Eso casi no lo entiendo, porque en Colombia no es que la academia proteja mucho. Pero creo entender la cosa, y por ese lado si tiene mucho que ver con las universidades de mi país. Es muy común que nuestros primeros deseos de escribir se gesten en las aulas, invitados a nuestra primera lectura en público, en la fría cafetería de la facultad, a nuestro reducido número de lectores, llegan quince lectores en potencia, se repite lo mismo, todos los semestres, en décimo llegan cinco lectores en potencia. Eso no está mal que se haga, pero el problema es que los que quieren ser escritores no pueden vivir de ello por diez años y menos si después del pregrado deciden hacer la maestría en escrituras creativas. Eso enseña una última lección a un escritor: los lectores que hacen crecer una obra no viven en las universidades y en las bibliotecas, los lectores de carne y hueso viven en los buses, en el metro, en el transmilenio, en los parques, en las funerarias, en los buses intermunicipales, es ahí donde viven.

Esto último tiene que ver mucho con lo que dice el señor Genoways a continuación: "ponerse en riesgo a sí mismos y jugársela por su trabajo.” Ponerse en riesgo a sí mismo es un poco de lo anterior, buscar a esos lectores reales, los de carne y hueso; y jugársela por su trabajo es saber que no necesitamos a un gran grupo editorial para empezar a cosechar lectores en potencia ni tampoco para tener una obra que nosotros mismos respetemos. Muchas veces le pregunto a gente que escribe muy bien sobre la razón por la cual nunca han hecho un libro y uno que otro me ha dicho: "es que estoy esperando ganarme algún premio y que me la publiquen, es lo mínimo que merezco por haberla escrito". ¡Dios mío¡, hay escritores que publicaron excelentes libros y nunca merecieron nada en vida, hay escritores que nunca publicaron nada en vida y que hoy lo merecen todo, hay escritores que tenían una excelente obra hasta que un gran grupo editorial empezó a "pullarlos" por millonarios contratos y su calidad se vino al piso. Creo que lo importante aquí es que todo nazca de una convicción y de un amor a la obra, que queramos que ella sea un pequeño monstruo que crece alimentándose de nosotros mismos.

Y el último de los comentarios del señor editor es el más acertado: "Dejar de ser tan terriblemente melindrosos y educados. Tratar a la escritura como si fuera su sangre vital en vez de su medio de vida". Y estoy de acuerdo: "yo nunca publicaré en esas revistas... mis relatos deben estar en un libro", es la opinión de algunos. "¿Y cuánto pagan por la colaboración?..Profe... pero si es un ejercicio editorial de estudiantes”. Comentarios de ese tipo son hechos por gente que vive de las letras, pero, ¿vive para ellas? Hay un libro sobre finanzas personales que dice que sólo es verdaderamente rico aquél que es capaz de trabajar gratis. La cuestión puede ser aplicable también a ser rico como escritor: sólo seremos ricos de la escritura cuando podamos escribir todos los días sin recibir nada a cambio. Y de pronto nos pase lo de los cristianos: todo llegará por añadidura.

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